Si se efectuara un ranking con las preguntas que escuchamos los estudiantes y profesionales de Terapia Ocupacional, la que encabezaría la lista sería la consabida “¿Qué es
Pero me motiva hoy otro interrogante (aunque la reflexión no se agota en el mismo) que me tocó escuchar… “¿Por qué salud mental? ¿Por qué elegís/te gusta ese campo?” La búsqueda de una respuesta no deja de transportarme a mi historia, y a mi transcurrir por la carrera de Lic. en Terapia Ocupacional (camino no finalizado al día de la fecha).
Creo que en un principio de mi vida de estudiante, mi inclinación hacia la salud mental tuvo que ver ante todo con una curiosidad frente a lo desconocido, y poco más tarde, con un interés por participar en algo relacionado a lo que la mayoría de las personas teme o frente a lo cual siente impotencia, o vergüenza, o todo ello junto…la locura.
Hoy, en primer lugar, me interesa problematizar una cuestión, planteada por varios autores, por ejemplo Alfredo Moffat y Enrique Pichón Riviere. El loco, ¿quién es? ¿El que se sale del surco? ¿El que habla solo? ¿El que cambia de tema repentinamente en una conversación? ¿El que ve algo que no está? ¿El que llena el vacío escuchando voces? ¿El que inventa historias? ¿El que busca una explicación o un sentido de maneras diferentes a las de la mayoría de la gente?
De esta cuestión no da completa cuenta un manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales ni, en mi caso, una cátedra cuatrimestral dentro de una carrera de grado. Pienso que quedan por fuera del análisis aspectos que trascienden la mera etiología y sintomatología de una enfermedad. Me refiero a la singularidad de cada ser humano, a un punto de vista mas subjetivo, que haga referencia a la vivencia de padecer un sufrimiento psíquico.
Por qué salud mental…pienso que tiene que ver con la vocación por combatir de algún modo el sufrimiento, involucrarse, tomar partido, “hacer algo” por un otro que se encuentra desplazado de todo beneficio de vivir en sociedad, “los olvidados” de la misma. Se ignora de este modo que el loco sigue formando parte del entramado social, aunque más no fuera desde el interior de los muros de una institución y, en el mejor de los casos, desde el discurso de algún familiar o amigo que lo recuerda, lo nombra.
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