¿Qué lugar le cabe a T.O. dentro del abordaje de personas con padecimiento psíquico? Sostengo y estoy convencida de que no podemos encontrar respuestas unificadas a estas preguntas, y es más que aceptable que así sea…esto da cuenta de la pluralidad de formas de hacer T.O. que existen. Personalmente sólo voy a intentar clarificar y compartir mi punto de vista, comenzando por revisar sucintamente la historia.
Sabemos que desde tiempos remotos existe una vinculación entre la ocupación y el tratamiento de la locura, que el trabajo ha sido sinónimo de salud, y concepciones como éstas continúan subsistiendo en el discurso de personas del campo de la salud mental, y también ajenas al mismo.
Además de lo dicho, existen antecedentes ya en el siglo XVII de institucionalización, de encierro. Me refiero al Hospital General de París, donde todo lo “anormal” y “lo que no se adecuaba” a la sociedad de ese tiempo era allí recluido, como objetos que no querían ser vistos: los locos, los leprosos, los adictos. Se utilizaban prácticas totalmente deshumanizantes (por ejemplo, la reclusión en mazorcas, las torturas) como forma de ejercer poder y control sobre el internado, destruyendo de este modo en forma sistemática la identidad, la subjetividad y la dignidad humana.
Posteriormente a la Revolución Francesa, aparecen los primeros intentos de humanización en el trato de las personas internadas en asilos, a través del llamado Tratamiento Moral, propuesto por Pinel.
Luego de este brevísimo recorrido histórico, y realizando un análisis de las prácticas actuales referidas a la salud mental, creo que en algunas de las instituciones de corte manicomial se habla y se declara tener buenas intenciones, a la vez que se intenta, realizar una transformación y sustitución de esta lógica, proponiendo caminos alternativos. De todos modos la antigua concepción de tratamiento se introduce en los intersticios de todas las prácticas, también en T.O., subsistiendo una práctica reproductora de lo instituido, que coexiste con una práctica transformadora.
De todos modos, no está de más aclarar que nunca es suficiente el hacer una mera declaración de buenas intenciones. Lo que posibilita algún tipo de clínica, o en última instancia una aproximación a la cura, son las prácticas de profesionales comprometidos no sólo con una ideología y unas concepciones determinadas, sino con un accionar sustentado por las mismas.
Pienso que en varias de las instituciones a las que me vengo refiriendo, sean públicas o privadas, se realizan tratamientos de psiquiatría y no de salud mental, si consideramos esta última en términos de Emiliano Galende.
El autor afirma que la Salud Mental “forma parte de las condiciones generales del bienestar” y que su objeto es social-histórico, volcado a los “valores positivos de salud mental, en que las mismas enfermedades pueden ser pensadas o explicadas”.
Referíamos que en el imaginario de profesionales de la salud, familiares de pacientes y sociedad en general, la Terapia Ocupacional viene a ocupar a los locos para que no molesten, para que hagan algo útil, para que estén entretenidos, para llenar sus horas faltas de sentido dentro de la institución…en este punto me detengo. ¿Acabamos de decir horas faltas de sentido? ¿No le cabría en este punto un lugar a T.O.? Desde mi poca experiencia y mis siempre insuficientes conocimientos en el área, considero que ofrecer un tiempo y un espacio donde sea posible para alguien un hacer significativo y significante, y un hacer con otro, posibilita para la persona con padecimiento psíquico empezar a elaborar algún nuevo sentido, y esto ya es un indicador de salud, lo que ya se presentaría como un hecho terapéutico, una instancia donde se alivia o se comienza a aliviar algún malestar. Quiero aclarar que en T.O. no basta hablar sólo de trabajo con o sobre la actividad, porque también nos dice algo su falta, la “no acción”... Hay un conflicto latente cuando la persona no elige realizar lo que comúnmente disfruta hacer, o cuando no puede diferenciar qué es lo que le gusta.
La persona con psicosis presenta la dimensión del sentido de su vida como una problemática; no comprende las creencias de los otros, ni sus formas de vida. Por lo tanto, lo que tiene ante sí mismo sólo es un vacío atemorizante. En palabras de Bélanger, “Tarde o temprano esta búsqueda de fundamento lo conducirá a una explicación delirante que se ubicará como fundamento de su existencia y que, más que nada, lo aislará, excluyéndolo del cuerpo social”.
En circunstancias de Práctica Profesional en Salud Mental (cátedra de la Lic. en T.O.), me tocó abordar a un joven en un centro de rehabilitación psicosocial. Al momento de la derivación lo único que sabía de él era su nombre y que tenía diagnóstico de esquizofrenia. Entonces procuré acercarme a él, progresivamente fui preguntándole sobre sus vínculos, sobre qué le gustaba hacer, cómo se sentía en la institución... y lo demás deviene en el tiempo, acompañando cada momento, cada actividad, a veces preguntando y escuchando con atención sus pocas palabras. Así poco a poco el terapista ocupacional (en este caso practicante) se puede ir aproximando a ese otro mundo, tan distante a veces, que es la otra persona. Pero este proceso que tan simple parece al ponerlo en palabras, se vuelve complejo y más aun al tratarse de una primera aproximación a una practica clinica de T.O. en el area de salud mental, con un sujeto con padecimiento psíquico(corría el año 2007 y el cuarto año de mi carrera).
Por supuesto que personalmente pude aprender muchas cosas, entre otras, a ser paciente cuando de respetar los tiempos de otro se trata. Ese otro que a veces mal llamamos “paciente”, creyendo que nos posicionamos frente a quien debe tener una actitud pasiva y hacer con devoción y sumisión todo lo que se le diga… Hace falta someter a revisión viejos conceptos hegemónicos que aun hoy rigen en el ámbito de la salud...
Frente a esta realidad, no creo que los terapistas ocupacionales debamos ser la excepción; por el contrario, afirmo que tenemos la responsabilidad de tomar un compromiso por la dignidad y la ciudadanía de las personas con las que trabajamos. En este sentido, nuestras tareas pueden ser diversas... acompañar, escuchar, brindar espacios, dar apoyo, esperar, respetar silencios, tiempos... todo esto, y más, nos podemos encontrar haciendo en la práctica diaria.
Otro aprendizaje representó el descubrir que es preciso dejar de lado ciertas expectativas propias, porque a mi criterio el norte en el tratamiento son las necesidades y demandas del sujeto que acude a nuestra propuesta como modo de aliviar su sufrimiento.
En el sinuoso sendero de la T.O. cada quien hará su recorrido, transitado en compañía, y a la vez, de manera singular. Esto es así, a mi criterio, tanto para profesionales como para las personas con las que éstos trabajen.
En dicho sendero nos acompañarán nuestras dudas, tal vez más preguntas que certezas, nuestros conocimientos, por qué no nuestras invenciones, esa cuota de lo inesperado e indudablemente nuestro entusiasmo… Yo particularmente agregaría vocación por acompañar lo singular, lo cotidiano, lo que no siempre se puede nombrar o poner en palabras, lo no siempre dicho.
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